Metrovacesa - Carlos Rubio Carvajal

Entrevista

Carlos Rubio Carvajal: Es importante tener en cuenta la historia de los edificios

¿Cómo puede la eficiencia convertirse en belleza? ¿Cómo podemos introducir la naturaleza dentro de un espacio urbano? Después de proyectos transformando la ciudad de Madrid y trabajando al lado de Norman Foster, el arquitecto Carlos Rubio ha pasado a otro emblema de la capital; la Fábrica Clesa. En un mundo donde las comunidades viven siempre más en espacios  urbanos, nos explica cómo una ciudad aún puede ser sostenible, cómo puede abrazar lo nuevo manteniendo su historia y legado, y cómo el espacio urbano puede estar al servicio del público.

En la última década, en España y Europa han cambiado muchas cosas y ha crecido de forma exponencial una nueva conciencia de sostenibilidad, tanto humana como medioambiental. ¿Crees que se apostará más por el diseño y por la construcción de viviendas más “humanas”?

Desde los años 60, vivimos en un mundo con una naciente valoración del patrimonio, de lo que es irrepetible. De la herencia que debemos aportar al futuro. Antes de los 60, se demolieron los edificios y se confiaba en que lo nuevo iba a ser mejor. Ahora se ha perdido ese optimismo y se ha pasado prácticamente a pensar de forma opuesta. Cualquier cosa que perdemos es algo que estamos perdiendo de nuestro pasado, de nuestro conocimiento. Las ciudades intentan crecer pero sobre sí mismas.

Por otro lado se le añade el sentimiento de la sostenibilidad. Lo más sostenible es una ciudad compacta que nosotros hemos heredado, la que llamamos “ciudad mediterránea”. Al ser compacta permite dotarla de servicios públicos de calidad, cosa que no ha ocurrido en la ciudad dispersa norteamericana, donde el automóvil es el único vehículo para poderse desplazar. Por eso los edificios en altura tienen futuro, para que las ciudades sigan creciendo, pero sobre sí mismas, casi con su mismo tamaño de extensión. Nos dirigimos a una sociedad absolutamente urbana. En Europa el 80% de la población vive en ciudades, y tenemos una cierta añoranza del campo y de la naturaleza pero preferimos la ciudad.

¿Existe también el deber de incluir esta naturaleza que hemos dejado atrás dentro de las ciudades?

Claro, ahí se encuentra la idea de entender la ciudad abierta hacia la naturaleza. Hemos intentado incluir la naturaleza en la ciudad con Madrid Río. El río Manzanares nace en la sierra de Guadarrama y muere en El Jarama; nace en una zona de nieves perpetuas en la montaña y muere en unos llanos de terrizo. El proyecto es convertir eso en una puerta al campo, y así incluir el campo y la naturaleza en la ciudad.

¿La naturaleza en todo tipo de obra construida está siempre en tu práctica?

Si pienso en la ciudad, pienso en la búsqueda de la historia. Lo empezamos con Metrovacesa, y el proyecto de Alcorcón. Metrovacesa es propietario de gran parte del suelo y aúna los intereses de otros pequeños propietarios. Nos hizo reflexionar sobre cómo debía ser el nuevo Alcorcón, y lo primero que hicimos fue mirar la cartografía; por dónde se movía la gente en el pasado, dónde había sendas, caminos, surcos etc. Todo tiene una lógica.

Cuando había que hacer una carretera para subir una monta, los ingenieros antiguos usaban una cabra: el camino que ella trazaba era el mejor porque este animal tiende a subir por la curva de menor pendiente. El uso ha marcado unos senderos en la cartografía que deben aprovecharse. Han surgido también zonas de árboles, porque ahí se producen unos emplazamientos de agua; un surco, un río o un arroyo. Esas cicatrices, esas marcas, han dejado huella en el territorio y las intentamos aprovechar.

Me parece interesante esta posición de observar el pasado, observar lo que hay, observar las trazas ocultas que vosotros habéis utilizado para construir proyectos innovadores, tanto en el sentido de vuelta a la ciudad como Madrid Río como en el sentido estético con la torre de Madrid. En el caso del proyecto de El Prado, ¿qué tipo de planteamiento estáis teniendo?

Conocer cómo ha evolucionado el edificio y qué de esa evolución debe seguir siendo patente y debe mostrarse para que la gente siga entendiendo el edificio; cómo fue en su origen, cómo fue transformándose y ampliándose y finalmente cómo fue mejorando o cambiando. De esta forma, es un documento vivo en el que uno pueda estudiar todo lo que ha pasado a lo largo del tiempo. La otra condición es abrir el complejo del Museo del Prado al ciudadano: que el ciudadano no sienta el edificio como una barrera sino que le invite a entrar, que pueda pasear o comprar un libro dentro de ese edificio sin necesidad de haber pagado una entrada para ver la exposición.

Hay una analogía con lo que está pasando en muchos modelos económicos actuales. Se trata de no hacer sentir al público como mero consumidor y ampliar la experiencia en muchos servicios gratuitos. Es un modelo necesario después de la economía de la compartición.

Exacto. El edificio tiene que contar la historia. Creo que Madrid desconoce que lo que ha quedado es solo una parte del enorme Palacio del Buen Retiro. ¿Cómo era el palacio? Nadie lo sabe muy bien, no han hecho grabados. El que cruza tiene información sobre una maqueta de ese edificio en 1630 cuando se construyó. Hay un pequeño texto donde explica que inicialmente fue palacio de recreo, luego fue palacio único real cuando arde el antiguo alcázar. Seguidamente tiene lugar la invasión francesa, se bombardea y se convierte en cuartel general. Después se demuele o se bombardea, vienen los ingleses, lo bombardean etc. Contamos la historia y su efecto final en el edificio. Viendo el edificio se transmite cultura, se cuentan cosas.

¿Cuál ha sido tu experiencia al trabajar con Norman Foster?

Ha sido una suerte y un privilegio conocer a este hombre de cerca, poder debatir con él, que me escuche, escucharle, aprender. Además de ser un tío inteligentísimo, sorprendentemente, no tiene prisa. Si le explicas algo que a él le parece interesante, te hace caso. Creo que muy pocos arquitectos han llegado a lo que ha llegado él. El otro día le decía un arquitecto que él era el primer arquitecto global de la historia de la arquitectura porque ha construido en los cinco continentes y desde lo más pequeñito hasta lo más enorme. Eso no se ha dado nunca en la historia de la arquitectura.

¿Qué relación tienes con Madrid?

Vivo en Madrid desde hace mucho tiempo. Soy de familia catalana por parte de madre y castellana por parte de padre. Viví en Barcelona hasta los 4 o 5 años y seguíamos pasando veranos largos por la zona de Madrid en los años 50 y 60. Todavía tengo familia en Barcelona, pero me he formado en Madrid. Es aquí donde me he hecho, en realidad. Madrid es mi ciudad.

¿Cómo ha cambiado la ciudad y tu percepción de ella en las últimas décadas?

Madrid es una ciudad muy vital, con mucha energía. Se ha ido tramando y modernizando en los últimos años. La ciudad que yo vi de niño es muy distinta a la de ahora. Recuerdo que, en el barrio de Salamanca, había lecherías, lo cual significa que había animales dentro de la ciudad. Eso ha desaparecido. Tampoco había tantos locales comerciales. Mucha gente seguía viviendo en bajos, hoy en día prácticamente todos los bajos son comercios. La ciudad ha cambiado mucho por operaciones grandes en las que he tenido la suerte de estar vinculado, como las Cuatro Torres o Madrid Río. Han significado un cambio bestial para la ciudad.

Eres representante del Colegio Oficial de Arquitectos de Madrid, y en especial en la Comisión Local del Patrimonio Histórico. ¿De qué forma esto ha influenciado tu visión de la ciudad, de su patrimonio?

A mí siempre me ha gustado mucho la historia, también la de la ciudad. La historia de Madrid me la conozco bien, y eso te hace valorar el patrimonio. Este mismo es lo que ha dejado el paso del tiempo sobre ese lugar, lo que ha habido ahí antes, y cómo ha influido en determinadas zonas. Por ejemplo, el Mahou Calderón es una zona de Madrid muy curiosa porque tiene unas avenidas espectaculares, con una cantidad de doble y triple filas de árboles. Las mejores calles de Madrid están en el sur.

¿Por qué era así? Se planificó en el siglo XVIII, en el reinado de Carlos III. Madrid tenía que colonizar el río, y hacer paseos para que los madrileños bajaran al él. Aquello que estaba llamado a ser el mejor barrio de Madrid no acabó siéndolo porque, en una decisión de un Consejo de Administración del Gobierno, la nación decidió que Madrid sólo iba a tener una estación término de ferrocarril en el Norte, porque los industriales del Norte de España querrían traer el hierro, el carbón y la industria.

Acabaron por conectar la estación por una vía de cintura con la Estación de Atocha cruzando todos las avenidas. Y este trazado barroco creó nuevas estaciones de mercancías, serrerías, industrias, donde el ferrocarril entraba a la descarga. Se creó la estación de Peñuela, la Estación Imperial, vivienda para ferroviarios, fábricas. Todo aquello se contaminó por el ferrocarril y dejó de ser. La corrección de la historia puede significar entender o explicar cosas. Cuando hice el proyecto de La Cebada fue lo mismo.

Estás trabajando junto a Metrovacesa en un edificio que no solo es muy emblemático en Madrid, sino que es catalogado como edificio representativo de la segunda mitad del siglo XX: la Fábrica Clesa. Hay muchas expectativas sobre el proyecto y MVC evidencia con este planeamiento su apuesta junto al ayuntamiento de Madrid por la recuperación del patrimonio, posibilitando su integración en un entorno urbano de calidad. ¿Cuál es el diseño de rehabilitación?

La fábrica Clesa se construyó en los años 50 por Alejandro de la Sota, un arquitecto eminente, uno de los grandes maestros de la generación de posguerra. Construyó una fábrica muy ingeniosa y muy distinta a las otras fábricas que se estaban creando en ese momento. Es una fábrica donde el espacio y su valoración tenían una carga distinta a una nave con luces especiales. Tiene un valor y un atractivo especial.

La fábrica podría ser demolida, pero es propiedad de Metrovacesa y desde el principio ha apostado por recuperarla y ponerla en valor con nuevos usos.. Creo que, por parte de Metrovacesa, ha sido un éxito el hecho de defender el patrimonio y valorarlo de esa manera. Estamos hablando de un patrimonio de arquitectura industrial y contemporánea. No hay otros grandes ejemplos parecidos a este dentro de la ciudad de Madrid.

¿Cómo afectará el proyecto a las vidas de los vecinos de Fuencarral, distrito donde se encuentra la antigua lechería? Ya llevan años quejándose del abandono de su zona; ¿La fábrica de Clesa es el epítome de la decadencia que dicen que sufre el barrio?

Al no tratarse de una fábrica activa tiene un edificio abandonado con un gran terreno de suelo desaprovechado. Eso no es bueno y efectivamente cualquier actividad allí va a darle vida a la ciudad y al sector. Esa zona de Madrid va a generar actividad y creo que eso es otra inyección de energía para la ciudad. Fuencarral es un barrio que nunca ha tenido una gran conexión. Desde hace veintitantos años está esperando la prolongación de la Castellana. Ahora puede que sea posible, pero llevamos veintidós años sin que haya sucedido nada para conectar Fuencarral con los barrios limítrofes y con la ciudad de Madrid.

¿A qué va a destinarse la nueva fábrica?

Está por ver. Ha habido concursos liderados incluso por el Colegio de Arquitectos en donde se han estudiado distintas posibilidades de espacios de trabajo, de espacios ligados a la alimentación, al deporte. Es un espacio muy grande y por ello no es fácil aplicar un programa sin estropear la belleza actual del sitio vacío. Metrovacesa acabará teniendo la última palabra sobre lo que se puede hacer allí.

También estás trabajando junto a la compañía en un proyecto residencial en la ciudad de Alicante.

En Alicante estamos haciendo también un edificio. Ganamos un concurso para hacer las oficinas de Eurico, una sociedad de patentes y marcas de la Comunidad Europea. Como ya estamos en Alicante, puede que a Metrovacesa se le ocurriera que también podía encargarnos un proyecto residencial allá. Hemos tocado de todo: una torre, un planeamiento, oficinas, espacio público. Pero lo que más hemos hecho siempre ha sido residencial y hay un proyecto residencial muy interesante que espero que salga adelante.

Volviendo a Madrid: Madrid-Río es tal vez el proyecto urbanístico español más premiado de la historia. Hace unos meses, la Universidad de Harvard le otorgó el galardón académico más importante del mundo. ¿Cuál es la innovación del proyecto? ¿En qué consistió?

Harvard da un premio cada dos años al mejor espacio público que se haya hecho en el mundo y tuvimos la suerte de ser seleccionados. Vino un jurado internacional a Madrid, se lo enseñamos nosotros y lo recorrieron ellos también para sacar sus propias conclusiones, porque un espacio público no sólo es lo que se ve sino cómo se usa. Hay que valorar si tiene una aceptación popular, lo que pasa en la gente.

¿Y cuál crees que ha sido la aportación que ha hecho este proyecto en Madrid?

Para Madrid era fundamental. La M30 era una cicatriz que separaba un Madrid de otro. Convertir ese espacio en un parque significa que no se le ha sacado rendimiento a ese suelo por parte del Ayuntamiento. Es lo menos especulativo posible; todo es para los ciudadanos. Se han creado 50 fuentes de conexión entre un barrio y otro, se han aprovechado las antiguas presas que tenía el río, los puentes residentes y los que se han añadido nuevos. Ahora realmente está conectado el sureste y el suroeste de Madrid con el de la periferia.

Cuando te tienes que acercar a un proyecto de diseño residencial, ¿qué crees que tiene que tener una casa diseñada para vivir hoy?

Yo valoro y trabajo mucho la planta, y a partir de allí salen otras cosas. Recuerdo una frase que decía Le Corbusier: “La gran batalla de la arquitectura está en la planta”: con la sesión, el sótano, el techo o el suelo puedes llegar a verlo todo. La vivienda es un tema muy complicado porque en el fondo es un proyecto muy conservador, siempre.

La vivienda se mueve siempre en unos estándares muy pocos propositivos. Dentro de ese marco intento hacer una vivienda que sea eficaz. La arquitectura es un trabajo entre la eficacia y la belleza. Si fuéramos ingenieros sólo nos preocuparía la eficacia y si fuéramos artistas sólo nos preocuparía la belleza, pero como somos arquitectos esa pelea es constante en nuestro trabajo.

¿Cuál crees que es la característica estilística conceptual o filosófica de tu trabajo?

Es esa búsqueda de la belleza y la eficacia, apoyándose siempre en el conocimiento de las necesidades. La arquitectura cubre la necesidad de alguien; alguien va a invertir su dinero porque necesita algo, y si confía en mí es para que yo le resuelva su problema, no para que le cree un problema a él. Esa voluntad de servicio no siempre es cierta. Creo que en nuestro caso sí intentamos obligarnos a que la arquitectura no sea caprichosa sino que sea, tal y como es la de Norman Foster, una arquitectura muy propositiva. Norman Foster no impone nunca nada; convence, argumenta, y en ese sentido creo que coincido plenamente con él.

Venimos de una época en donde se han construido muchas cosas innecesarias, y no hay nada más insostenible que construir algo que no se necesita. Son alardes económicos, estructurales, formales, de unos arquitectos de élite, obsoletos y abandonados en este momento. El movimiento moderno surge de romper unos patrones con un cierto exceso de retórica, monumentalista, academicista, y buscar otra vez una esencial en donde no haya reglamentación, una arquitectura más descarnada, más directa y más funcional. Creo que para nosotros es importante el sentido de la necesidad. Lo fundamental es la firmeza, la solidez, la construcción, la utilidad y la belleza.

Muchas palabras se han dicho sobre la Torre Sacyr. Quería saber cómo ha sido enfrentar aquel tipo de reto en un momento en el que en Europa no había este tipo de edificios: las constructoras no tenían experiencia en este aspecto y tampoco vosotros. ¿Cómo fue?

Cuando nos llamaron para hacer una torre, me entró el pánico. El rascacielos tiene su origen en el norteamericano, que surge prácticamente con la aparición del ascensor. En ese momento también empezó a surgir el acero laminado en Estados Unidos. Al mismo tiempo el incendio de Chicago obligó a hacer una nueva ciudad sobre las ruinas de la antigua. Entonces apareció el rascacielos y, tras ello, apareció en Europa. Madrid siempre estuvo pendiente de los rascacielos. Hay que tener en cuenta que, el edificio de España y la Torre de Madrid fueron en su momento los edificios más altos de hormigón hechos en Europa.

Tenemos que agradecer a Metrovacesa y Sacyr por confiar en nosotros. Yo sabía desde el primer momento que si tenía que convencer a un consejo de administración teníamos que basarnos en algo que fuera incuestionable. He apostado por el discurso de la eficacia. Planteé siempre desde el principio una torre circular porque un edificio cilíndrico tiene menos empuje al viento. Entonces, si es más aerodinámico y es una piel más redonda, va a funcionar mejor. La búsqueda de la eficacia en el discurso nos armó toda nuestra propuesta para que no fuera desmontada, y salió muy bien.

El rascacielos norteamericano va llegando, siempre como un edificio más de oficinas que residencial. Hoy en día esto ha cambiado; ahora los altísimos rascacielos de Nueva York son residenciales, ya no son oficinas. La gente desea vivir en el centro pero separarse del suelo y conectar con la naturaleza, con la distancia y con el horizonte. Creo que es algo muy bonito.

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