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13 octubre, 2017

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¿Cómo puede la eficiencia convertirse en belleza? ¿Cómo podemos introducir la naturaleza dentro de un espacio urbano? Después de proyectos transformando la ciudad de Madrid y trabajando al lado de Norman Foster, el arquitecto Carlos Rubio ha pasado a otro emblema de la capital; la Fábrica Clesa. En un mundo donde las comunidades viven siempre más en espacios  urbanos, nos explica cómo una ciudad aún puede ser sostenible, cómo puede abrazar lo nuevo manteniendo su historia y legado, y cómo el espacio urbano puede estar al servicio del público.

En la última década, en España y Europa han cambiado muchas cosas y ha crecido de forma exponencial una nueva conciencia de sostenibilidad, tanto humana como medioambiental. ¿Crees que se apostará más por el diseño y por la construcción de viviendas más «humanas»?

Desde los años 60, vivimos en un mundo con una naciente valoración del patrimonio, de lo que es irrepetible. De la herencia que debemos aportar al futuro. Antes de los 60, se demolieron los edificios y se confiaba en que lo nuevo iba a ser mejor. Ahora se ha perdido ese optimismo y se ha pasado prácticamente a pensar de forma opuesta. Cualquier cosa que perdemos es algo que estamos perdiendo de nuestro pasado, de nuestro conocimiento. Las ciudades intentan crecer pero sobre sí mismas.

Por otro lado se le añade el sentimiento de la sostenibilidad. Lo más sostenible es una ciudad compacta que nosotros hemos heredado, la que llamamos “ciudad mediterránea”. Al ser compacta permite dotarla de servicios públicos de calidad, cosa que no ha ocurrido en la ciudad dispersa norteamericana, donde el automóvil es el único vehículo para poderse desplazar. Por eso los edificios en altura tienen futuro, para que las ciudades sigan creciendo, pero sobre sí mismas, casi con su mismo tamaño de extensión. Nos dirigimos a una sociedad absolutamente urbana. En Europa el 80% de la población vive en ciudades, y tenemos una cierta añoranza del campo y de la naturaleza pero preferimos la ciudad.

¿Existe también el deber de incluir esta naturaleza que hemos dejado atrás dentro de las ciudades?

Claro, ahí se encuentra la idea de entender la ciudad abierta hacia la naturaleza. Hemos intentado incluir la naturaleza en la ciudad con Madrid Río. El río Manzanares nace en la sierra de Guadarrama y muere en El Jarama; nace en una zona de nieves perpetuas en la montaña y muere en unos llanos de terrizo. El proyecto es convertir eso en una puerta al campo, y así incluir el campo y la naturaleza en la ciudad.

Ahí se encuentra la idea de entender la ciudad abierta hacia la naturaleza; hemos intentado incluir la naturaleza en la ciudad con Madrid Río.

¿La naturaleza en todo tipo de obra construida está siempre en tu práctica?

Si pienso en la ciudad, pienso en la búsqueda de la historia. Lo empezamos con Metrovacesa, y el proyecto de Alcorcón. Metrovacesa es propietario de gran parte del suelo y aúna los intereses de otros pequeños propietarios. Nos hizo reflexionar sobre cómo debía ser el nuevo Alcorcón, y lo primero que hicimos fue mirar la cartografía; por dónde se movía la gente en el pasado, dónde había sendas, caminos, surcos etc. Todo tiene una lógica.

Cuando había que hacer una carretera para subir una monta, los ingenieros antiguos usaban una cabra: el camino que ella trazaba era el mejor porque este animal tiende a subir por la curva de menor pendiente. El uso ha marcado unos senderos en la cartografía que deben aprovecharse. Han surgido también zonas de árboles, porque ahí se producen unos emplazamientos de agua; un surco, un río o un arroyo. Esas cicatrices, esas marcas, han dejado huella en el territorio y las intentamos aprovechar.

Me parece interesante esta posición de observar el pasado, observar lo que hay, observar las trazas ocultas que vosotros habéis utilizado para construir proyectos innovadores, tanto en el sentido de vuelta a la ciudad como Madrid Río como en el sentido estético con la torre de Madrid. En el caso del proyecto de El Prado, ¿qué tipo de planteamiento estáis teniendo?

Conocer cómo ha evolucionado el edificio y qué de esa evolución debe seguir siendo patente y debe mostrarse para que la gente siga entendiendo el edificio; cómo fue en su origen, cómo fue transformándose y ampliándose y finalmente cómo fue mejorando o cambiando. De esta forma, es un documento vivo en el que uno pueda estudiar todo lo que ha pasado a lo largo del tiempo. La otra condición es abrir el complejo del Museo del Prado al ciudadano: que el ciudadano no sienta el edificio como una barrera sino que le invite a entrar, que pueda pasear o comprar un libro dentro de ese edificio sin necesidad de haber pagado una entrada para ver la exposición.

Conocer cómo ha evolucionado el edificio y qué de esa evolución debe seguir siendo patente y debe mostrarse para que la gente siga entendiendo el edificio.

Hay una analogía con lo que está pasando en muchos modelos económicos actuales. Se trata de no hacer sentir al público como mero consumidor y ampliar la experiencia en muchos servicios gratuitos. Es un modelo necesario después de la economía de la compartición.

Exacto. El edificio tiene que contar la historia. Creo que Madrid desconoce que lo que ha quedado es solo una parte del enorme Palacio del Buen Retiro. ¿Cómo era el palacio? Nadie lo sabe muy bien, no han hecho grabados. El que cruza tiene información sobre una maqueta de ese edificio en 1630 cuando se construyó. Hay un pequeño texto donde explica que inicialmente fue palacio de recreo, luego fue palacio único real cuando arde el antiguo alcázar. Seguidamente tiene lugar la invasión francesa, se bombardea y se convierte en cuartel general. Después se demuele o se bombardea, vienen los ingleses, lo bombardean etc. Contamos la historia y su efecto final en el edificio. Viendo el edificio se transmite cultura, se cuentan cosas.

¿Cuál ha sido tu experiencia al trabajar con Norman Foster?

Ha sido una suerte y un privilegio conocer a este hombre de cerca, poder debatir con él, que me escuche, escucharle, aprender. Además de ser un tío inteligentísimo, sorprendentemente, no tiene prisa. Si le explicas algo que a él le parece interesante, te hace caso. Creo que muy pocos arquitectos han llegado a lo que ha llegado él. El otro día le decía un arquitecto que él era el primer arquitecto global de la historia de la arquitectura porque ha construido en los cinco continentes y desde lo más pequeñito hasta lo más enorme. Eso no se ha dado nunca en la historia de la arquitectura.

¿Qué relación tienes con Madrid?

Vivo en Madrid desde hace mucho tiempo. Soy de familia catalana por parte de madre y castellana por parte de padre. Viví en Barcelona hasta los 4 o 5 años y seguíamos pasando veranos largos por la zona de Madrid en los años 50 y 60. Todavía tengo familia en Barcelona, pero me he formado en Madrid. Es aquí donde me he hecho, en realidad. Madrid es mi ciudad.

¿Cómo ha cambiado la ciudad y tu percepción de ella en las últimas décadas?

Madrid es una ciudad muy vital, con mucha energía. Se ha ido tramando y modernizando en los últimos años. La ciudad que yo vi de niño es muy distinta a la de ahora. Recuerdo que, en el barrio de Salamanca, había lecherías, lo cual significa que había animales dentro de la ciudad. Eso ha desaparecido. Tampoco había tantos locales comerciales. Mucha gente seguía viviendo en bajos, hoy en día prácticamente todos los bajos son comercios. La ciudad ha cambiado mucho por operaciones grandes en las que he tenido la suerte de estar vinculado, como las Cuatro Torres o Madrid Río. Han significado un cambio bestial para la ciudad.

Contamos la historia y su efecto final en el edificio. Viendo el edificio se transmite cultura, se cuentan cosas.

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